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Emiliano Dionisi: «Shakespeare ya creaba multiversos hace 500 años”

por Ana Oliveira Lizarribar
1 agosto, 2026
in Cultura

El 27º Festival de Olite se acerca a su final y la noche del sábado 2 de agosto recibirá a la Compañía Criolla con su adaptación del ‘Sueño de una noche de verano’ dirigida a todos los públicos

El dramaturgo, director de escena y actor argentino Emiliano Dionisi conoció Olite en 2025, cuando su monólogo El brote pisó La Cava interpretado por Roberto Peloni. El espacio le pareció “extraordinario”, por eso está encantado de regresar este sábado, 1 de agosto, con su obra Sueño, una adaptación de esta propuesta “mágica, divertida y descarada” sobre el deseo humano de William Shakespeare que Compañía Criolla acerca al público familiar.

El propio Dionisi forma parte del elenco de cuatro intérpretes que da vida a un sinfín de personajes en nada menos que tres universos, lo que, siendo un “gran desafío actoral”, crea velocidad y “realza la comedia”.

El año pasado estuvieron con ‘El brote’ y esta vez regresan con ‘Sueño’. Parece que han establecido un estrecho vínculo con el Festival de Olite.

–Nos da mucha alegría volver. Primero por poder participar en un festival con tanta historia, en un lugar tan conmovedor donde sucede algo tan mágico como el hecho teatral, con un público acostumbrado a ver espectáculos y una programación diversa e impactante. Estamos entre el orgullo y el disfrute.

¿Qué vio en esta comedia shakespeariana de enredos amorosos en un bosque mágico que sintió que urgía volver a contar hoy?

–Es una obra que quería hacer desde la adolescencia. En su momento me parecía muy divertida esa dimensión multiversal que tiene, que parece tan de moda hoy con los superhéroes de la Marvel, pero que Shakespeare ya la practicaba hace 500 años: enredar mundos como el universo mágico y el de los actores, que de golpe se mezclan. Además de ser una de sus obras más desfachatadas, traerla al presente nos permite reírnos de nosotros mismos y de cómo nos relacionamos. En Sueño, sobre todo se habla del deseo y de cómo nos vinculamos con él. Hacerlo vibrar en el presente y pensar cuál es realmente nuestro deseo hace que sea una versión fresca, cercana y divertida. Acercar los clásicos al hoy es uno de los objetivos constantes de la compañía.

«Frente al prejuicio de que el teatro popular es simple, sostengo que el verdadero teatro popular es aquel que tiene suficientes capas como para cautivar tanto al erudito como a quien va por primera vez»

El metateatro es algo muy presente en su trabajo. ¿Le interesa especialmente esa mezcla de actores, personajes e historia?

–Sí. Me parece que cuando el teatro no se niega a sí mismo, cuando blanquea que es una representación y pone al frente sus propios mecanismos, sucede algo aún más mágico porque la complicidad con el público se duplica. Le estás mostrando todo el tiempo que es mentira y, aun así, la gente decide volver a creer. Esa complicidad de las convenciones funciona muy bien en distintas capas.

También coinciden ‘El brote’ y ‘Sueño’ en que ambas hablan de las imposiciones sociales, de atreverse a ser libre y de expresar los deseos por encima de lo que nos dictan.

–La libertad es un tema humano trascendental, tanto en lo individual como en las libertades colectivas: quiénes queremos ser como sociedad, como grupo, como amigos o como familia. Los clásicos tienen eso. Cuando abordas una obra tantos años después, esos grandes temas reaparecen todo el tiempo. Traer un texto al hoy no significa doblarle el brazo para que diga algo que no dice, sino entender qué dice y qué resuena mejor en nuestro presente. Las imposiciones, el deseo y quiénes somos se cuelan de forma inevitable.

¿Cómo fue el proceso de síntesis para lograr que la poesía de Shakespeare no perdiera vuelo mientras ganaban espacio la comedia física y el clown?

–Mira, tengo una búsqueda personal que me gusta mucho y que se centra en esa síntesis comprimida. Uno de nuestros primeros espectáculos en España fue Romeo y Julieta de bolsillo. Ahí nació esta búsqueda, por una necesidad práctica que es muy latinoamericana y que se concreta en una pregunta: ¿qué es lo mínimo que necesitamos para hacer esto posible? En aquel caso éramos dos actores, una silla y una pizarra, y eso nos permitió hacer casi 1.800 funciones en 15 años. Lo que empezó como necesidad económica, se convirtió en una marca artística. En Sueño, cuatro intérpretes asumen tres universos distintos. Como dramaturgo, es un desafío adaptar el texto para solo cuatro actores, y para los intérpretes supone un despliegue muy dinámico: cambiar de personaje constantemente genera una exigencia actoral muy teatral, mágica y vistosa. Además, esa compresión le otorga una velocidad a la función que resalta la comedia en todo momento. La verdad que nos divertimos muchísimo haciéndola y la gente se la pasó a pipa.

¿Saben que esta es la primera vez que el Festival de Olite programa una función nocturna para toda la familia?

–¡Qué bueno! Buscamos mucho abrirnos a nuevos públicos. Que una obra sea apta para todos los públicos responde a la idea de volver al teatro popular, algo que está en la esencia del teatro clásico. El clásico era un teatro popular que con el tiempo fuimos volviendo elitista. Y frente al prejuicio de que el teatro popular es simple o sin profundidad, yo sostengo que el verdadero teatro popular es aquel que tiene suficientes capas como para cautivar tanto al erudito o al espectador habitual como a quien va por primera vez, al niño, a la abuela o al adolescente. Los adolescentes, por cierto, son un público maravilloso y virtuoso: cuando conectan con el teatro, sienten y disfrutan muchísimo. Poder abarcar a esa diversidad de público es un regalo.

Hablando de los adolescentes, ¿cómo hacen para cautivar a un público juvenil que vive rodeado por pantallas y estímulos digitales constantes sin echar mano de grandes efectos ni de escenografías espectaculares? 

–El teatro tiene que ser una experiencia extraordinaria, algo que te saque de lo cotidiano. Constantemente estamos expuestos a las pantallas y a estímulos digitales; y el teatro debiera ser un ritual donde los estímulos sean distintos, poéticos y humanos: mirarse a la cara, componer con el cuerpo la magia de la simpleza y sentir la profundidad de las palabras. Debemos ir a contrapelo de lo cotidiano. Ahí reside la razón de por qué el teatro sobrevive tras tantos siglos: se hace de forma artesanal y analógica, uno a uno, uno contando y otro escuchando, sin intermediarios.

Emiliano Dionisi, en una escena de ‘Sueño’. Cedida

En esta obra escribe, dirige y actúa. ¿Cómo dialogan o colisionan esas tres miradas?

–(Ríe) Con mucho disfrute. Colisionan más durante el proceso de ensayo, cuando estoy actuando mientras pruebo si el texto funciona y al mismo tiempo dirijo al equipo. Pasado ese punto, siento que me completa como artista. Tiene algo de la tradición de la comedia del arte y del cómico trashumante que debe hacer de todo: armar la escenografía, planchar la ropa y actuar. Y, a la vez, refleja una realidad muy latinoamericana, donde nos acostumbramos a la multiplicidad de tareas. Para mí, es una oportunidad constante de seguir aprendiendo en nuestro oficio.

Como dramaturgo ha realizado reescrituras cómicas de clásicos, pero también es autor de obras contemporáneas. ¿Qué fibra se activa en Emiliano Dionisi cuando escribe desde cero una historia suya?

–El autor o la autora que te dice que sus obras no tienen nada de personales, miente (ríe). Uno escribe sobre lo que conoce, sobre lo que sabe y sobre lo que imagina, aunque condicionado por lo vivido y estudiado. A mí siempre se me activa una fibra muy personal. Incluso cuando adapto clásicos, intento que la mirada sea lo más personal posible, filtrando los temas que más me interesan o me conmueven hoy. Y cuando escribo sin texto base, utilizo el teatro como la oportunidad perfecta para compartir lo que nos preocupa, nos divierte o nos interpela como sociedad.

«Como dice Mauricio Kartun, nuestro gran maestro de dramaturgia latinoamericana, ‘funciona si emociona’. La emoción es lo único innegociable; el resto es técnica»

En piezas como ‘Recuerdos a la hora de la siesta’ (inspirada en el universo de María Elena Walsh), explora la poética de la infancia desde la ternura y la belleza. ¿Qué importancia le da al teatro como espacio de preservación de la memoria emotiva?

–Toda. Si el teatro es emotivo, está vivo. Como dice Mauricio Kartun, nuestro gran maestro de dramaturgia latinoamericana, ‘funciona si emociona’. La emoción es lo único innegociable; el resto es técnica. Si logramos generar un puente de empatía emocional, lo demás es secundario. Esa emoción es la que se guarda en la memoria y constituye nuestra huella de identidad cultural. Aunque vengamos del otro lado del océano, si nos emocionamos y nos reímos con las mismas cosas, estamos construyendo puentes verdaderos.

Después de adaptar varios clásicos, ¿hay alguno que tenga en mente y que le tiente especialmente? 

–Estoy seguro de que lo próximo que adapte será del Siglo de Oro español. Es una cuenta pendiente que tengo desde hace tiempo. Consumo y leo mucho Siglo de Oro. De hecho, la Compañía Criolla nació hace años tras ver en Buenos Aires una versión de Don Gil de las Calzas Verdes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico de España. Me enamoré de la idea de tener una compañía y años después esa misma compañía nos invitó a hacer funciones en su teatro. Hasta ahora siempre he adaptado autores que no hablaban mi idioma. Es hora de desafiarme con el Siglo de Oro –sea Lope, Tirso o algo más desconocido– porque su riqueza es maravillosa.

Ana Oliveira Lizarribar

Ana Oliveira Lizarribar

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