La localidad pirenaica rebasa los 1.000 habitantes en verano, en comparación a las 300 personas que viven en invierno. Fresco, montaña y familia, entre los principales reclamos
Una segunda residencia en un lugar más fresquito para escapar del calor. La casa familiar de toda la vida donde todas las generaciones disfrutan en verano. O un lugar de paso al lado de rutas de montaña pirenaicas para desconectar en la naturaleza. ¿Qué tendrá Isaba para triplicar su población en junio, julio y agosto? Cualquier atisbo de duda se disipa al pasear por sus calles empedradas, sus amplias sombras y la cercanía con los montes de alrededor.
“¿Qué pasa Mikel?… ¡Adiós Pedro!” Julio Beretens charlaba con Pilar Bescós, vecina de 91 años. Volvía de hacer unos recados y se ha detenido en la florida entrada de casa de Bescós. Su conversación se ha visto frenada cada vez que pasaba un vecino de Isaba. Cada uno tiene nombre y apellidos. Todas las caras son familiares. “En invierno no vivimos más de 300 personas. Quedamos los jamón pata negra”, ha bromeado Bescós. Sin embargo, las estimaciones apuntan a que superan con creces las 1.000 personas en los meses de julio y agosto: “Ha crecido mucho en los últimos años. Se necesita más agua, más servicio de basura… Cada vez es una zona más tensionada. Lo sufrimos nosotros, pero también dejan dinero”. Y cada año registran más visitantes: “En el hotel han recibido en junio los mismos huéspedes que en julio y agosto el año pasado”. Y Bescós tiene claro uno de los motivos: “Aquí no pasamos calor, por la noche yo necesito ponerme algo para salir de casa”.
Vicenta, otra de las nonagenarias del pueblo, también destaca el crecimiento de la población en verano: “Se nota mucho, en invierno siempre estamos cuatro”. Lamenta cómo han cambiado los tiempos y, sobre todo, la falta de trabajo: “A los 16 se van a estudiar y ya no vuelven, poca gente se queda”. En julio y agosto disfruta de la presencia de sus nietos. Aunque Maricruz, madre de las tres adolescentes, asegura no verles demasiado: “No les veo, hacen mucha cuadrilla y están siempre en el río, la piscina o de fiestas. Yo encantada, en verano solo quieren venir al pueblo”. Natural de Pamplona, encuentran en la temperatura otra de las razones de emigrar a Isaba estos meses: “Se duerme mucho mejor que en Pamplona”.
En invierno no vivimos más de 300 personas. Quedamos los jamón pata negra
El frontón del pueblo, que hace escasos días fue epicentro de las fiestas locales, sigue siendo un punto de encuentro para los más txikis. Ahí se han juntado para pasar la mañana entre juegos y conversaciones Oier Goñi, Irati Puy, Idoia Bacardit, Ixué Salvador, Unax y Ander Bueno. Vienen todos de Pamplona y pasan las vacaciones en Isaba, en casa de sus abuelos y familiares. Eso sí, también acuden fines de semana durante el año. “Durante el día vamos a la piscina o al río para no morirnos de calor, y por la noche jugamos en la plaza”, asegura Oier Goñi.
Aumento en los servicios
Pese a no contar con excesiva población la mayoría de meses del año, los vecinos de Isaba coinciden en destacar la amplia oferta de servicios esenciales que les permiten no tener que salir de la localidad. Cuentan con centro de salud, varios bares y panaderías y una tienda de alimentación. También con un par de hostales y hotel para los visitantes.
Idoia Ciriza es una de esas personas que se dedica a la hostelería en el pueblo. Natural de Isaba, hace escasas dos semanas abrió una panadería/cafetería: “He empezado directamente en temporada alta. Hay mucho turismo y la gente del pueblo viene por las tardes al poteo”. Piensa que el mayor número de turistas son los que “vienen al monte a pasar unos días, sobre todo con la furgoneta”. Sumado a la gente con segunda residencia, valora que el pueblo “crece muchísimo en verano”.
Turismo de montaña
Las calles de Isaba a media mañana comienzan a coger una estampa variada. Bajo sus tejados a dos aguas comienzan a mezclarse entre los vecinos atuendos deportivos y mochilas cargadas que indican que los que amanecieron pronto para lanzarse al monte están de vuelta. Y con un denominador común, encontrar un sitio para tomar algo fresquito y comer. Eneritz Eguzkiza, montañera vizcaína, aprovechaba las escaleras al exterior de la iglesia para recuperar energías: “He terminado la Ruta de las Golondrinas”. No es su primera vez en Isaba: “El año pasado hice la Senda de Camille, me gusta mucho el pueblo porque comienzan muchas rutas en las que te enteras de qué es el Valle de Roncal”. En esta ocasión ha venido sola y lo está disfrutando: “Desconectas y conoces a otras personas, cada año me propongo un objetivo”.
Caso parecido al de Rocío. De familia gallega. pero “ciudadana del mundo”, se refugiaba en una de las sombras a expensas de encontrar un sitio donde comer. En plena transpirenaica, salió de Cap de Creus el 1 de julio y planea llegar a Cabo Higuer el 6 de agosto. Tras varios días sin parar, decidió descansar medio día en Isaba tras haber bajado desde Zuriza: “Es mi primera vez en Navarra, me estoy fijando en las casas y hay mucho jardín y verde”. Aunque por mucho que le atraiga lo estético del pueblo, su prioridad es “comer mucha fruta” y unas buenas migas. Recorre algo más de 20 kilómetros al día –dependiendo del desnivel– y su balance de la experiencia hasta el momento es “exigente y espectacular”.
Un pueblo preparado
El alcalde de Isaba, Carlos Anaut, valora con satisfacción el comportamiento de la localidad y su prestación de servicios ante el aumento de la población los meses de verano. Aunque no dispongan de datos oficiales, vaticina que, “por el consumo de agua”, superan las 1.000 personas residentes en la localidad. Eso sí, destaca que durante las fechas con mayor afluencia la situación se pasa “como se puede”. Al ser un pueblo pequeño, los espacios de aparcamiento son su principal problema: “Sabemos que tenemos nuestras carencias. Cuando coinciden los puentes la gente aparca donde puede. Intentamos habilitar campos para ello”. Pese a todo, Anaut se muestra “muy contento” con los resultados que da el turismo.
